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SUPERAR LA EGOLATRÍA, CLAVE EDUCATIVA PARA CONSTRUIR LIDERAZGOS SOLIDARIOS

La incertidumbre que enfrenta el país nos lleva a buscar quién podría ser aquel o aquella persona que, como si fuera un(a) Mesías, saque a Colombia de la encrucijada que vivimos: Un drama producto del cúmulo de ausencias y de la falta de respuestas efectivas a los problemas estructurales que nos aquejan desde hace décadas, así como a la falta de políticas viables para afianzar nuestro desarrollo humano sostenible como país.

El internet y las redes sociales nos abruman de información y de protagonistas que buscan ser virales. Personas de todos los confines, niveles de estudios y posiciones políticas que, a veces con falsos perfiles, consideran (incluso con insultos, engaños y giros del lenguaje) que su expresión es la última, y única, palabra, inobjetable y verdadera. Presenciamos a falsos líderes que se sienten liberados para abrigar causas o movimientos coyunturales que interactúan vanamente con las masas de otros pseudolíderes llenos de inspiración instantánea, mas no de inteligencia estructural.

Son personalidades que fantasean con la realidad para que se les felicite por ejercer el atropello en menoscabo de los demás. Alardean pensando que son únicos, los más grandes, y pareciera como si su importancia social se alcanzara proporcionalmente por el número de likes que consigan por sus actitudes, generalmente incorrectas, y que tristemente son seguidas por la ingenuidad colectiva.

Esto ha impulsado la exacerbación de un ego extremo, de un poder irracional sinónimo de egoísmo, que camina en las fronteras del error... de la egolatría.

Ese ego extremo traiciona los sentidos; hace que las personas se crean mejor de lo que realmente son y que vean a los demás como peores de lo que realmente son; limita la conexión con otros para actuar de manera directa y honesta, porque levanta barreras o quita el interés por conocer las capacidades y cualidades del otro, seguramente mejores que las de uno mismo.


El ego extremo es una enfermedad silenciosa, y quienes la contraen generalmente no se dan cuenta que los está matando.


Hablar sobre el ego de las personas, es decir sobre su nivel de conciencia y de coincidencia entre la realidad y su creencia, implica confrontar la idea del quién soy con la del quién quiero ser.

La vida es un cúmulo de muy distintos momentos y etapas cortas y largas, en donde se pone a prueba tanto la esencia de cada uno como de su amor y solidaridad por los demás. El correcto actuar y liderar (ser reconocido por los demás) demanda una enorme sindéresis o capacidad de juzgar rectamente y con acierto a la hora de decidir.

La mayoría de quienes triunfan tempranamente en sus vidas pueden haber recorrido una de estas dos importantes vías: En el primer camino, se encontraron con mentores que protegieron su ruta hacia el éxito y les advirtieron cómo abordar el fracaso para esquivar una caída vertiginosa acompañada de malas intenciones y de tentaciones que frustraran cumplir las metas trazadas. El segundo camino corresponde a quienes nunca tuvieron un mentor y que, encontrándose con personas superfluas, envidiosas y hasta odiosas, que les pusieron obstáculos, generalmente invisibles, para evitarles alcanzar logros plenos frente a las metas trazadas, supieron decidir con los pies en la tierra y ajustados a las circunstancias.

El actuar conforme lo esperado, de forma trabajada e inspirada, viene acompañado de una debida formación integral, porque ésta puede ayudar a disminuir la incertidumbre en torno de los errores de nosotros los humanos que, por naturaleza, somos imperfectos, pero perfectibles.

Aunque el trabajo es una actividad que, previa instrucción, formación y orientación, se puede hacer de una mejor, o peor, forma, indudablemente es una expresión de la creencia personal en lo que se es y se quiere ser. Hay tres actitudes frente al trabajo. Para los primeros, el trabajo puede tornarse aburrido y rutinario; para los segundos, puede ser una fuente de adicción que aunque dé frutos valiosos al principio con el tiempo les convierte en prisioneros de un activismo angustiante y frustrante; y, para un tercer grupo, desafortunadamente no siempre el mayoritario, el resultado de su trabajo suele ser fuente de felicidad, de optimismo y de evolución constante.

Los dos primeros grupos generalmente están caracterizados por un ego extremo, que resulta nocivo a sí mismos y a quienes conviven con su labor: jefes, colegas o subordinados.

El ego extremo mal concebido es un camino sin retorno hacia la egolatría, o la distorsión entre las capacidades y la realidad, asumiendo erróneamente que es el entorno y las circunstancias, y no el yo, los que están por debajo de “mis” expectativas y posibilidades. Esa egolatría es un enemigo oculto,  que nos hace vulnerables y que nos acompaña a lo largo de la vida, y que pocas veces nos deja entender que los obstáculos son el mejor camino para crecer y consolidar nuestros propios proyectos de vida. Falsamente creemos que el éxito se logra sobre un camino siempre tapizado con pétalos de rosas y sin espinas, cuando -por el contrario- son éstas las que enseñan el verdadero valor del esfuerzo, de la responsabilidad, del estudio y de la disciplina.

El ego extremo cultiva una superioridad irracional, que excede los límites del irrespeto hacia el otro y que en muchos casos juzga subjetivamente el desempeño de los demás. El ego mal administrado es fuente de arrogancia, de ostentación y obstinación... es un certificado al fracaso.

El ego extremo es, a la vez, enemigo de la tolerancia y antónimo de la lealtad; rechaza de plano las mejores ventajas y oportunidades de lo que significa una decisión objetiva y rigurosamente analizada reemplazándola por una falsa confianza, y sin fundamento, en sí mismo. La egolatría es una actitud de poder insano de quienes trasforman la inteligencia en arrogancia, afectando la seguridad en sí mismos.

La historia ha confirmado que muchos hombres y mujeres construyeron el mundo luchando por causas por las que entregaron su vida, despegándose de sus propios egos y trazándose objetivos cada vez más altos, aún a costa de su propio prestigio y reconocimiento. El mundo, tal y como lo vemos hoy con grandes desarrollos y también problemáticas, ha sido empujado hacia su progreso por muchas vidas íntegras, por grandes mentes que tuvieron la virtud de analizarse primero a ellas mismas para luego comprender a las demás y así darle valor a sus ideas, creaciones y obras.

Avanzar heroicamente, construyendo un mundo mejor, no es fácil; por eso es una tarea de unos pocos, reconocidos como verdaderos líderes. Ellos no solamente han reprimido el ego extremo propio, sino que han sabido darles valor a los talentos de los demás, para que ellos también trasciendan hacia lo colectivo.


Parece complejo, pero es sencillo, como la vida misma: el mundo no cambia, si primero yo no cambio.


Lo complejo no es entenderlo, sino llevarlo a la práctica, porque significa retar la vanidad desmesurada y eliminar el deseo de sobresalir sin desconocer los talentos de otros. Porque nadie debería escalar sobre el desprecio por el otro; nadie debería subir sobre las espaldas afligidas de las mayorías; nadie debe recibir reconocimiento si se ha abierto camino a codazos, y con bendiciones inmerecidas.

¿Cómo formar Líderes para el país deseado?. Más allá de nombres, movimientos o ideologías políticas, lo que necesitamos son personas integras capaces de superar sus propios egos y de poner su conocimiento y experiencia al servicio de otros por delante de sus intereses; a ellos habrá que darles una educación que propenda por fortalecer una sana cuna de liderazgo solidario para Colombia, sus territorios y sus comunidades.

¡Más UNAD Más País.¡

 

Jaime Leal Afanador

Rector UNAD

Presidente ACESAD

Presidente AIESAD

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